TODAS LAS DERECHAS ARTICULADAS

Así, la batalla cultural podrá engarzarse a la postre con batallas político-electorales, formando una suerte de estrategia bifronte con la que la Nueva Derecha sea capaz no solo de luchar por el contenido de nuestra cultura, sino también por el contenido efectivo de nuestras políticas.

En el final de una de sus más recientes obras La Batalla Cultural, publicada en el 2022, Agustín Laje invita enérgicamente a lo siguiente:

«En pocas palabras, creo que una Nueva Derecha podría conformarse en la articulación de libertarios no progresistas, conservadores no inmovilistas, patriotas no estatistas y tradicionalistas no integristas. El resultado sería una fuerza resuelta en la incorrección política que podría traducirse como una oposición radical a la casta política nacional e internacional, al estatismo y al globalismo, al stablishment multimediático y la hegemonía progresista que domina la academia, a los ingenieros sociales y culturales de las BigTech y del poder financiero global inclinados sin disimulo alguno hacia la izquierda cultural.

Pero este «nosotros» no sería sencillamente un producto de espanto, que en todo caso genera alianzas pasajeras, sino también producto de lo que cada corriente tiene para ofrecer en el particular contexto de nuestro siglo, y en la especificidad de las batallas culturales.

La práctica política misma irá descubriendo esos puntos de apoyo, esas ventajas comparativas, esas especializaciones y relevos. La Nueva Derecha, por ejemplo, tendrá que dar forma a su «nosotros» en los varones cansados de la constante demonización de su sexo, pero también en las mujeres hastiadas de la recurrente y compulsiva victimización ideológica a cambio de privilegios legales; en los heterosexuales empujados por doquier a asumir culpas que no tienen, pero también en los homosexuales que se despiertan de la instrumentalización política que reduce su «orgullo» a lo que hacen en sus camas; en los blancos a los que en tantos lugares se les está diciendo que su raza está maldita, pero también en los negros que se han dado cuenta de que nada bueno ha surgido de los odios y auto marginaciones que el stablishment pretende instalarles; en los nacionales que ven cómo la inmigración descontrolada — e incluso fomentada en ciertas zonas —perjudica sus oportunidades laborales, destruye su cultura y vuelve más inseguros sus barrios, pero también en los inmigrantes legales que no tienen por qué aceptar que otros lleguen sin ni siquiera revisar los requisitos que ellos si cumplieron; en los empresarios de todos los tamaños que no aceptan que las políticas socialistas destruyan las riquezas que generan para el recurrente beneficio de la casta política, pero también en obreros  y trabajadores que no ven cómo las nuevas causas de las izquierdas, tales como el «lenguaje inclusivo», el «cambio de sexo» o la «dieta vegana», pueden tener relación alguna con los problemas reales de sus vidas; en los religiosos y hombres de fe agotados de ser atacados, ridiculizados, silenciados y reducidos a la escoria de la sociedad moderna, y en los no creyentes que consideran que la libertad de culto es cosa importante, y que valoran las raíces judeocristianas de nuestra cultura; en los que jamás tuvieron participación política de ninguna naturaleza porque pensaron que la política era cosa de otros, pero también en quienes han terminado de hastiarse de los centrismos bien pensantes que siempre gobiernan para la progresía, y en tantos otros que se animan a dejar atrás incluso sus pasados izquierdistas.

En los adultos horrorizados por los niveles de adoctrinamiento escolar, que claman desesperadamente por el derecho a elegir la educación de sus propios hijos, pero también en los jóvenes que van cayendo en la cuenta de que nada impuesto por la ONU, acatado a pie juntillas por los Estados, financiado por fundaciones como la de Soros, difundido por canales como CNN y apoyado por corporaciones que van desde Hollywood a Facebook, desde Google a Apple, puede ser algo verdaderamente «rebelde» o «antisistema». Ese proyecto de «nosotros» debe construirse políticamente a través de batallas culturales. Estas abarcan no solo todos los temas culturales devenidos material político, sino todos los medios e instituciones culturales analizados en este libro.

La batalla cultural habrá de ser total, habrá de hacerse presente allí donde lo cultural se haya vuelto político: una suerte de «guerra de guerrillas», pero cultural, que se infiltra en todas partes, donde la asimetría de fuerzas obliga al bando débil a volverse realmente creativo, escurridizo, a veces camuflado a veces descubierto, diverso en sus métodos, flexible en sus tácticas.

Pero si la batalla cultural no se decide a coagular en un «nosotros», entonces tiene la mera forma de la reacción corporativa, pero no contrahegemónica.

No implica ninguna práctica política abierta y no articula ningún término en ninguna cadena equivalencial que pueda redundar en una identidad política mayor. Por eso la batalla cultural, que es política en esencia en la medida en que surge de los antagonismos de la esfera cultural, precisa ser tomada como el centro de gravedad, ya no de la mera reacción, sino de la construcción del «nosotros» político.

Así, la batalla cultural podrá engarzarse a la postre con batallas político-electorales, formando una suerte de estrategia bifronte con la que la Nueva Derecha sea capaz no solo de luchar por el contenido de nuestra cultura, sino también por el contenido efectivo de nuestras políticas.

Es la única manera que se me ocurre de no simplemente retardar el horror, sino de intentar revertirlo.»

Texto extraído del Libro La Batalla Cultural 2022 – Escrito por el Autor y Filosofo Agustín Laje

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