REBELDÍA Y LAS NUEVAS DERECHAS

La rebeldía se volvió de derechas, y no podía ser de otra manera. La rebeldía consiste en decir «no» al sistema establecido. Desde que el sistema establecido hizo del progresismo su dogma oficial, no podía ocurrir cosa distinta: el derechismo está despertando su potencia rebelde. Claro que el progresismo y la Nueva Izquierda siguen posando de rebeldes; están desesperados por no perder ese capital simbólico tan caro a su tradición política. Pero cada vez se les hace más difícil. Los suyo es idiotismo útil, mera rebeldía-idiota.

Se rebelan contra lo que el sistema establecido procura destruir, y nada más. Tiran de las faldas del Estado niñera cuando sus caprichos no se cumple, lloriquean ante los monopolizadores de la fuerza física cuando sus adversarios dicen algo que a ellos no les agrada, acusan de «discurso de odio» todo lo que no coincide con sus eslóganes prefabricados, exigen con histeria «espacios seguros» (safe spaces) en las universidades para no oír nada que pueda hacerlos pensar, demandan las caricias de las organizaciones internacionales y las incalculables donaciones de las ONG de los metacapitalistas para poder cumplir sus agendas. Todo esto cada día resulta más patente y vomitivo.

Por su parte, las nuevas derechas levantan su voz contra la casta política y la parasitaria burocracia que vive del pueblo, contra las organizaciones internacionales que hace de nuestras soberanías una ficción y de nuestras democracias una pantomima, contra los «filántropos» del metacapitalismo global que derraman sus fortunas para impulsar ingeniería social y cultural, contra los popes de las big tech que utilizan su poder para destruir la libertad de expresión en esa ágora posmoderna que llamamos «redes sociales», contra los medios hegemónicos desesperados por mantener el monopolio de las fake news, contra el estabishment académico que promueve, premia y beca cualquier sandez con el único requisito de que encaje con las exigencias woke que dominan también en ese campo social. Cuando uno advierte la forma que ha tomado el poder, no puede dejar de advertir que la derecha se volvió rebelde y la izquierda se volvió sistema.

El ethos rebelde de la Nueva Derecha, tomando el emboscado como modelo, debe descansar en la virtud de la valentía. Nada de victimismo; ese es el vicio que caracteriza ala rebeldía-idiota del progresismo. Que el análisis de las relaciones de fuerzas, de las inconmensurables magnitudes de poder que enfrentamos, de nuestros pesares y reveses, sirva para no derramar lágrimas, sino para endurecer el coraje. Desde luego que hay que denunciar las censuras, las persecuciones, los ataques; todo ello sucede con la bendición de los poderes establecidos, y hay que decirlo. Pero que nuestras denuncias funcionen como combustible del coraje, que sirvan para acelerarlo. Usando terminología gramsciana, el escritos de derechas François Bousquet acierta al describirse a él y los suyos como «subalternos»: «Visto el tratamiento mediático que se nos reserva, nosotros somos, nosotros identitarios, nosotros franceses, nosotros europeos, un grupo social de rango inferior, el pariente pobre de la diversidad y de las políticas de paridad, ninguna cuota para nosotros, ninguna consideración». 

Ampliemos el grupo de referencias: nosotros, neoderechistas en general, subalternizados por doquier, somos la bolsa de boxeo favorita de los poderes políticos, mediáticos, culturales y académicos. Nada más fácil que reírse de nosotros. Nada más fácil que insultarnos. Nada más fácil que hacer de nosotros chivos expiatorios a los que acusar de cualquier cosa. Nada más fácil que señalar el color de nuestra piel (¡blancos!), nuestro sexo (¡hombres!) y nuestra orientación sexual (¡heterosexuales!) procurando denigrarnos, aunque muchos de nosotros tengamos otro color de piel, otro sexo u otra orientación sexual. Nada más fácil que hacernos la vida imposible en la universidad y, eventualmente, incluso expulsarnos de ella o segregarnos. Nada más fácil que bajar nuestras calificaciones, que arrebatar nuestros méritos académicos, que amenazarnos incluso con quitarnos nuestros títulos, aunque ya nos los hayan concedido. Nada más fácil que cancelar nuestros eventos. Nada más fácil que echarnos de nuestros trabajos. Nada más fácil que denigrar nuestras creencias, atacar nuestros templos, escupir a todo lo que consideramos sagrado. Nada más fácil que acusarnos de «discurso de odio» cuando nos defendemos de los odiadores que monopolizan el «discurso del amor».

Murray Rothbard – Economista perteneciente a la Escuela Austriaca de Economía

Nada más fácil que excluirnos: «Es la paradoja de la sociedad inclusiva; no funciona más que bajo el precio de nuestra exclusión» Pero no lloriqueemos por nada de esto; reconozcamos nuestra subalternidad, advirtamos y manifestemos nuestra actual posición en la configuración de relaciones de fuerzas dada, pero solo para hinchar nuestro pecho y seguir resistiendo. Dejemos al progre lloriquear, le concedemos alegremente el monopolio de los pataleos. Si alguna lágrima vertimos, que sea de coraje, no de solicitud.


Nuestra energía no proviene de lamentos, sino del coraje de saberse resistiendo. Que cada cachetazo se convierta en una medalla; que cada golpe recibido venga a constatar que estamos molestando, y que debemos seguir haciéndolo.


A eso es a lo que más le temen; por eso empiezan a temernos: temen la mera posibilidad de nuestro coraje. Temen que ese pisoteo constante, esa humillación sin límites a la que nos han querido someter, se traduzca no en vergüenza y culpabilidad, no en excusas y autoflagelos, sino en coraje. Ellos, que hacen política con su sexo y su ombligo, con su menstruación y sus dietas a base de lechugas, no conocen el verdadero coraje de hacer política por tu libertad, por tu familia, por tu patria, por tu Dios. Este coraje, si finalmente termina de desplegarse, revestirá magnitudes difíciles de calcular.

En efecto, pisotearon nuestras libertades, se burlaron de nuestras creencias, demonizaron nuestras familias, metieron basura en la cabeza de nuestros hijos, incendiaron nuestros templos, defecaron en nuestros altares, hormonizaron y mutilaron la sexualidad de nuestros niños, pero no esperaron nuestro coraje, Según sus presunciones, no teníamos siquiera el derecho a sentir coraje, a movilizar todo nuestro coraje. Esto, sencillamente, no entraba en sus cálculos. Pero ya está pasando el momento de las risas, y ahora empiezan a fruncir el ceño. Fue tal el nivel de arrogancia de nuestros adversarios que calificaron todo lo que nosotros hacíamos como «consumo irónico».

Pensaron que cada vez más gente nos leía, nos escuchaba, nos veía a través de redes sociales y medios alternativos, simplemente porque querían reírse de nosotros. Reírse de nosotros, igual que como aquellos se nos reían. Pero ahora ríen cada vez menos. Ahora escriben libros diciendo que deberían tomarnos en serio, porque hay una rebeldía de derecha que está ganando el corazón de muchos jóvenes. Lo que empiezan a temer es nuestro coraje. ¡No era «consumo irónico», era catarsis!.

Nuestro coraje no es resentimiento, sino una demanda directa y explícita de respeto; un hartazgo colectivo respecto de agresiones que no dejan de multiplicarse en nombre de la «inclusión» y la «diversidad». Max Scheler caracteriza el resentimiento como «una autointoxicación psíquica», como «una actitud psíquica permanente, que surge al reprimir sistemáticamente la descarga de ciertas emociones y afectos». El resentido, que contiene en su corazón impulsos de venganza, envidia y odio, padece al mismo tiempo impotencia y no da el paso operativo que traduce en acción aquellos sentimientos. Por eso, se «auto intoxica» cada vez más.

Nuestro coraje, lejos del resentimiento, no envidia nada a nadie ni desea nada que ya no nos pertenezca ni nada que ya no seamos. Todavía más: no pretendemos nada de nuestros adversarios, más allá de su abstención: que se abstengan de meterse con nuestras familias, con nuestros hijos, con nuestras creencias, con nuestros símbolos, con nuestros templos, con nuestras libertades. Nuestro coraje no es resentimiento, sino exactamente lo contrario: es una respuesta sin ambages a los resentidos sociales disfrazados de rebeldes, aquellos que no dejan de intoxicarse a sí mismos achacándoles a los demás sus desdichas, reales o auto percibidas.

Nuestro coraje, lejos de la parálisis de la impotencia, y lejos de la envidia y el odio por lo no sido o lo no tenido, desata un tipo particular de rebeldía muy alejada del resentimiento.

También Camus distingue al rebelde del resentido: «El resentimiento es siempre resentimiento contra sí mismo. El rebelde, por el contrario, en su primer movimiento, se niega a que se toque lo que él es. Lucha por la integridad de una parte de su ser». ¿Y no luchamos nosotros precisamente por eso?.

La rebeldía de la Nueva Derecha y su modelo del emboscado constituyen un anti idiotismo. Hay en ella una salida al desierto del sentido que avanza, a las identidades sin suelo que se evaporan en el aire sin cesar (con el consiguiente aumento de rentabilidad del shopping identitario), a las coacciones del sistema-moda y a los cantos de sirena de la farándula, al embrutecimiento de los colegios y el adoctrinamiento de las universidades, al framing de los medios y a la espiral del silencio de las opiniones públicas manufacturadas que demandan nuestra autocensura, a la descomposición de nuestras familias y a la reducción de nosotros mismos a adolescentes idiotizados que claman por las caricias del Estado niñera.

Las nuevas generaciones dispuestas por las caricias de Estado niñera. Las nuevas generaciones dispuestas a deshacerse de todas las miserias de la generación idiota tienen en la Nueva Derecha un proyecto en curso que demanda más que nunca el concurso de una nueva juventud. Los tiempos que vienen no serán nada fáciles: nuestros adversarios tienen de su lado el financiamiento, las comunicaciones, las corporaciones, las universidades, las industrias culturales, los gobiernos, las organizaciones internacionales. 

Pero, aun así, temen nuestro coraje; temen un despertar masivo del coraje que se vehiculice en la forma de la rebeldía política.


Emboscados libertarios, emboscados conservadores, emboscados reaccionarios, emboscados patriotas, emboscados tradicionalistas: que el bosque los encuentre unidos, aun en sus diferencias. Pero que esa unidad no sea una mera suma, sino una multiplicación: que el bosque se convierta en el locus de una operación hegemónica en la que las identidades particulares queden anudadas en una identidad política de mayor calibre.


Que la rebeldía política alimente esa praxis, que no se doblegue ni retroceda. Frente al cuerpo sin órganos del progresismo, la emboscadura. Frente a la «deconstrucción», el sentido. Frente al rizoma, el enraizamiento. Frente a la borradura, la consideración del origen. Frente al victimismo, el coraje de quien resiste de verdad. Frente al globalismo, la Patria. Frente al desprecio por lo recibido, la imbricación intergeneracional.


Frente a la licuefacción de los lazos sociales, la familia, las iglesias, los cuerpos intermedios. Frente a la fragmentación desquiciada de las identidades, los relatos sólidos. Frente al «ciudadanos del mundo», el pueblo. Frente al odio contra el pasado, el cariño del recuerdo. Frente a la liberación, la libertad. Frente a la generación idiota, la Política y el Coraje.


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